ENTRE LA ELECCIÓN Y LA RESISTENCIA; ¿QUÉ DEMOCRACIA CONSTRUIMOS?
- Martin Orozco Vazquez

- 9 jun 2025
- 3 Min. de lectura

El reciente proceso electoral extraordinario para la elección del poder judicial, el cual fue el resultado de la reforma al Poder Judicial impulsada por MORENA ha abierto un debate profundo sobre el escenario político en nuestro país. Quisiera desarrollar dos escenarios clave: por un lado, la forma en que se construyó y aprobó esta reforma, sin un diagnóstico institucional claro; por el otro, la respuesta ciudadana que, bajo el discurso de resistencia, ha promovido la abstención como supuesta herramienta política y la evidente baja participación electoral, el pasado 1 de junio. Ambos fenómenos, más que excluirse, deben entenderse desde un mismo lente: el de la cultura política y la calidad democrática en México.
La reforma al Poder Judicial aprobada por el Senado el 11 de septiembre de 2024 es un ejemplo claro de cómo un gobierno puede promover cambios estructurales desde una supuesta legitimidad electoral. Dicha reforma fue aprobada en condiciones atípicas: un cambio de sede, tensiones entre fuerzas políticas, la desaparición o reaparición de actores políticos y la supuesta negociación política. El discurso de “democratizar” el Poder Judicial sirvió como bandera para justificar la reestructuración, pero no vino acompañado de un análisis técnico ni institucional que permitiera entender las causas y consecuencias del cambio. Se identificó un mal desempeño judicial, sí, pero no se construyó una propuesta desde la evidencia ni con apertura al debate plural que diera paso a soluciones de las deficiencias que presenta el poder judicial. Bajo estas condiciones únicamente desarrollará un espacio vulnerable y propicio para la instauración del régimen de la 4T.
Las formas y herramientas para consolidar un régimen son preocupantes y digno de analizar. La 4T ha promovido una narrativa de legitimidad basada en los casi 36 millones de votos que recibió la presidenta Claudia Sheinbaum, sin embargo, debemos preguntarnos con seriedad: ¿legitimidad es lo mismo que sobrerrepresentación? ¿Esos votos representan realmente “al pueblo” cuando se comparan con los más de 98 millones del padrón electoral? Las cifras otorgan legalidad para ejercer el poder, pero no equivalen automáticamente a una legitimidad democrática que respalde cualquier decisión política. La sobrerrepresentación legislativa es una fórmula política que, aunque legal, distorsiona la representación ciudadana.
El segundo escenario que debemos analizar es el surgimiento de un discurso, y postura, que la ciudadanía promovió; el no votar como acto de resistencia. Frases como “morirá la república”, “en México ha muerto la democracia” o “no votar es un acto de resistencia” se multiplicaron en redes sociales y círculos de opinión pública. Esta postura, que aparenta ser política, en realidad reproduce una lógica desinformada y poco participativa. Manifestar inconformidad es legítimo y ha sido históricamente parte de los procesos de cambio en México. Sin embargo, la protesta vacía —aquella que no se traduce en acciones colectivas, organización o exigencia estructurada que rompe barreras— no fortalece la democracia, sino que la debilita.
Además, cabe hacer una pregunta incómoda pero necesaria: antes del régimen de la 4T, antes incluso de esta reforma judicial, ¿vivíamos en una democracia? La creación, reestructuración o destrucción de instituciones no es un sello exclusivo de este régimen; ha sido una constante en la historia del sistema político mexicano. Lo que está realmente en juego no es la república ni la democracia en abstracto, sino la calidad de nuestra vida democrática y, sobre todo, la cultura política que sostenemos como sociedad. Los resultados de la jornada electoral del pasado 1 de junio, con una escasa participación del 12.47%, hacen evidente la inconformidad con las decisiones políticas de la 4T.
La cultura política participativa, implica las creencias, normas y valores que orientan el comportamiento de los ciudadanos con los actores o procesos del régimen en un sistema político. Una campaña que promueve la abstención y la desinformación, por muy justificada que parezca, y una reforma mal planeada, no construye una cultura política participativa y una democracia plena. ¿Cuál es el corazón de la democracia? La participación ciudadana o la creación/reestructuración de las instituciones. El binomio que se presenta es complejo, y es complementario, no son opuestos ni contradictorios sino un vínculo necesario para fortalecer nuestra calidad de la democracia como país y sembrar una cultura política particular involucrada e interesada en el escenario político.
La democracia se fortalece cuando el régimen político construye instituciones legítimas y eficaces, pero también cuando la ciudadanía se informa, participa y exige el funcionamiento profesional de las mismas. Nuestra responsabilidad no termina en las urnas ni en las redes sociales: empieza con una actitud activa frente a lo público, que desborde nuestras afinidades políticas y nos lleve a construir consensos duraderos.
Invito a dejar de lado los sesgos políticos que generan filias y fobias, que dividen, fragmentan y engañan a la sociedad. Para consolidar una democracia plena y una cultura política participativa requiere presencia ciudadana, escrutinio público, información de calidad y acción colectiva. Solo así evitaremos que la democracia se convierta en una narrativa vacía o en una institución capturada.






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