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UNA REFLEXIÓN DE UN MÉXICO SIN ÉTICA PÚBLICA

  • Foto del escritor: Manuel Alejandro González Delgado
    Manuel Alejandro González Delgado
  • 9 feb
  • 2 Min. de lectura


Durante los últimos veinticinco años nuestro sistema político ha tenido avances significativos en la generación de valor público dentro de la gestión gubernamental. Pese a esto la normatividad parece ser que solo se aplica a unos y no a todos aquellos que ocupan un lugar dentro de la función pública. Hoy en día nos encontramos con un sistema político cada vez más plagado de corrupción donde el populismo, la demagogia y la centralización del poder son la noticia de todos los días. 


En México la ética de cualquier funcionario público de nivel estratégico parece ser un mito. Todos los días escuchamos casos de corrupción, tragedias por negligencia y un gasto público que, si bien en la teoría estamos sometidos a un Presupuesto Basado en Resultados, parece ser que esto es insuficiente para atender realmente las causas sociales y las problemáticas. 


México es un país con un alto potencial de transformación y de generación de valor público, pero se ve opacado por la corrupción. Los servidores públicos de nivel estratégico como son los Secretarios de Estado, Legisladores y hoy en día los jueces impartidores de justicia tienen actos vinculatorios con la corrupción.


El presente artículo sólo trata de demostrar que la corrupción es por falta de una ética pública, son incapaces los funcionarios mexicanos de establecer una responsabilidad social. El servicio público se ve como forma de seguir haciendo política, de enriquecerse y sobre todo de ejercer el poder con aquel que cuestiona. Vivimos en un México donde la legalidad, la eficiencia, la eficacia, la transparencia y rendición de cuentas son usadas como conceptos populistas y no como verdaderos valores de directriz de cualquier servidor público. 


Queda claro que la normalización de la corrupción y el juego político son el pan de cada día en nuestro país. Ante la inminente reforma electoral un punto de partida para establecer la mejora de nuestro sistema electoral sería, establecer mecanismos reales de control para aquellos que quieren acceder a un puesto de elección popular. Es momento de que el servicio público no se utilice como mecanismo de indolencia social, es momento de tener funcionarios públicos que vivan para el servicio público y no del servicio público. 

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