(ME)MÉXICO A TRAVÉS DE SUS (GG)GENERACIONES: LA POLÍTICA DE MARCHAR PARA GANAR
- Juan Pablo Rosas

- 22 dic 2025
- 3 Min. de lectura

En tiempos recientes, principalmente en las redes sociales, vemos una abrumante cantidad de discursos en forma de contenidos visuales y escritos, pero, más allá de lo que expresan literalmente, hay muchos mensajes (no subliminales, pero) que se ocultan a la vista. Centralizar la conversación sobre quién, cómo, porqué y para qué se convoca a tal o cual marcha o movimiento, es un desperdicio de tiempo; y no es que se rechace intencionalmente debatirlo, solo que, esos son derechos reservados para el “pueblo” que trabaja desde una (democrática) cancha de pádel o lidera a las juventudes (más bien poco) revolucionarias con ‘a’ de afiliadas a un partido político.
¿Oportunistas? La derecha y la izquierda; pero, cuando el oficialismo es intolerante a la crítica y los opositores se apropian de las narrativas, es imposible alcanzar acuerdos.
La sociedad civil no está organizada (y es tristísimo), porque, si observamos de otro modo la historia nacional, lo único que nos une es el conflicto, la tragedia y la muerte.
Solo así cuestionamos con uniformidad los déficits socio-gubernativos y las cúpulas del poder político y económico. Haciéndolas por igual: Curiosas, lamentables y (en apariencia) necesarias. Entonces: ¿A quién o a qué corresponde asignar el valor de algo? El liderazgo o el activismo no son lo que solían ser; pues, aquellos defensores desinteresados de la “liberté, egalité, fraternité” para las personas (y por favor léanlo fingiendo acento), generalmente concluyen sus grandilocuentes luchas, formando parte del Estado que, irónicamente, antes les hubiese impedido ‘entrar a su círculo’.
De dudarlo, solo hay que recordar a Pablo Gómez, Carlos Ímaz, Martín Del Campo, entre otros tantos “líderes” en los movimientos más relevantes de la segunda mitad del siglo pasado, adecuados para aseverar lo siguiente: ‘Des’ no es (y nunca fue) equivalente a “sin” cuando hablamos de un interés -y menos, cuando es personal, no importando si su origen es una injusticia-, puesto que, como acertadamente diría el subconsciente de Rajoy: “Una cosa es ser solidario y otra serlo a cambio de nada”.
Esto aplicaba antes, ahora, y (con determinable certeza) en el futuro, tanto para los que gobiernen como para los que sean gobernados. Ninguno es traidor más que a sus propios ideales, los que transmutan para formar “idiotologías” e “idiotólogos”, dando paso al patrioterismo y la falsa empatía. Pregunto: ¿La última opción de quien realmente hace política es convertirse en político? Creería que sí, no lo aseguro.
La complejidad del problema, así como de su improbable resolución trasciende a las movilizaciones sociales: La Constitución Mexicana, como base de un sistema “organizado” en que se formula el proyecto de Nación. ¿La causa precisa? El grado de incompatibilidad que existe entre lo “político” y lo “jurídico”. Mucho teorizamos al estado de derecho, la moralidad y la ética; pero poco practicamos sus valores.
Lo jurídico es lo que debe ser mientras que lo politizado es lo que es. ¿Y qué es? La ceguera del poder, la embriaguez del control, y lo energizante de la influencia, así mismo, cualquier derivación de estos factores. Nadie se involucra en causas sociales sin tener objetivos y sin esperar un resultado (entiéndase esto de la forma más abstracta posible, sin remotamente considerar que dichas acciones puedan beneficiar o perjudicar a un individuo o colectividad). ¿Habrá justificación que valga?
Sí; tan sencilla como que el poder, la distintividad y la jerarquización es naturalmente parte de las sociedades contemporáneas para explicar con la lógica, más que con el sentido común, cuál es la calidad mínima de la vida, la libertad y el bienestar que habremos de perseguir. ¿Mienten al resto o a sí mismos quienes rezan lo contrario?
Armemos nuestro “manual de supervivencia” (shout-out al bloque y las disidencias) y releamos a: Hobbes, Rousseau, Arendt, Marx, Weber, Bourdieu, Tilly, Gramsci, Smith, Kelsen, Rawls, Sartori, Focault o Wittgenstein (y pretendamos que la lista no es simplemente para burlarme de la intelectualidad de que incluso yo presumo). Tal vez nos sirva para pensar en más de “9 razones para (des)confiar de las luchas por los derechos humanos” en México -y sí, es un libro, con portada morada y verde-.
Las únicas personas conocidas que han luchado por mejorar el país sin esperar un cargo, dinero o estatus están muertas; aquí llegamos a una respuesta rotundamente horrenda y cruda: Los mártires son eso, mártires, no gobernantes. Quítales a los lugares donde y a los puestos en que se “toman las decisiones” todo su atractivo, y verán que más temprano que tarde sus magnánimos salones y listas, se vaciarán.
En absoluto es algo negativo querer aspirar a algo mejor, pero sí negarlo y además ser mezquino utilizando la esperanza del resto, o disfrazarse de ovejas siendo los más viejos lobos. El fin no justifica los medios, pero pondera sus razones y matices.






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