LA SOBERANÍA NO SE PIERDE DESDE FUERA: SE ENTREGA DESDE ADENTRO
- Dulce Belén Florean Pérez
- 18 ene
- 3 Min. de lectura

La reciente intervención de los Estados Unidos de América a Venezuela ha sido evidentemente controversial, dividiendo opiniones, radicalizando posturas y exponiendo la fragilidad internacional. Pero lejos de ello, se han puesto sobre la mesa los principios del Derecho Internacional, y entonces se ha volteado a ver hacia los instrumentos internacionales, aquellos que los Estados suelen firmar con solemnidad pero incumplir sin mayor trámite; resultando primordial la cita de la Carta de las Naciones Unidas, como un recordatorio incómodo que pone en evidencia la violación al principio de Soberanía. Ahora entonces, ¿por qué resulta tan grave la violación a la soberanía de un Estado?
En primer lugar, la soberanía no es un concepto reciente, sino que nace junto con el Estado Moderno. Jean Bodin la definió como un poder supremo, perpetuo, legal y omnipotente, es el momento en que el poder de hecho pasa a ser un poder de derecho perfectamente legitimado tanto por la ley como por los gobernados; es en esencia, el ejercicio legítimo y legal del poder en determinado territorio. En otras palabras, es la forma de ejercer el poder dentro de un determinado territorio, teniendo control del orden legal de todo lo que sucede dentro de él; pero también funciona para diferenciarse de otros asentamientos humanos, en concreto de otros Estados Soberanos.
La intervención extranjera es sin duda una de las violaciones más evidentes a la Soberanía; sin embargo, no es necesariamente la causa del debilitamiento, sino que puede ser la consecuencia directa. La protección del poder supremo que se ejerce en un Estado debe reforzarse desde el interior del mismo, esto se logra evidentemente con el diseño de un sistema jurídico que garantice un auténtico Estado de derecho.
Un Estado se debilita cuando carece de mecanismos reales y efectivos de control de poder, cuando la división de poderes es meramente decorativa, y si no existe independencia ni control entre ellos; cuando además no existen figuras democráticas que los gobernados puedan ejercer para recuperar y legitimar el poder o si éstas han sido secuestradas por los gobernantes para usarlas a su beneficio, pero sobre todo cuando los derechos fundamentales dejan de ser un límite efectivo al poder. En ese punto, la soberanía ya no está siendo atacada, está siendo abandonada.
Un sistema jurídico, por muy bien diseñado y planteado, deja de ser suficiente si no existen las condiciones para frenar el abuso del poder. Cuando ese control falla, el resultado es previsible: un proceso político encaminado a una dictadura, en donde ya se encuentran en juego los derechos humanos de los gobernados, bajo la amenaza de un ejercicio del poder absoluto sin ningún tipo de limitante. Convirtiéndose además en una presa fácil para las potencias imperialistas que se aprovechan del colapso interno para obtener beneficios políticos y económicos a su favor.
El diseño de una estructura interna, con leyes blindadas desde la Constitución, que fortalezcan la democracia y las instituciones electorales, evita la exposición del Estado ante los intereses extranjeros. La soberanía no se preserva con discursos, se sostiene desde el interior, evitando abusos de poder que inevitablemente desembocan en dictaduras y en el quebrantamiento del Estado de derecho. La pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué ocurre en un país donde, aunque el poder está formalmente dividido, en la práctica lo concentra una sola fuerza política, donde la división de poderes es una ficción constitucional, la independencia del Poder Judicial ha sido pisoteada, las instituciones electorales han sido debilitadas, el Poder Legislativo actúa como una extensión del Ejecutivo, los tratados internacionales se ignoran sin consecuencias, los controles al poder han desaparecido, y donde las leyes ya no parecen ser suficientes? Exactamente lo que sucede hoy en México.


