LA MOVILIZACIÓN SOCIAL EN MÉXICO: UN DESAFÍO AL PODER
- Karina López Villegas

- 22 dic 2025
- 3 Min. de lectura

La historia reciente de México está marcada por la voz de su gente, que se niega a callar frente a la injusticia. En 1968, miles de jóvenes alzaron la voz por libertad y justicia; en 1997, se exigió seguridad para vivir sin miedo; en 2004 y 2011, el país salió a las calles para enfrentar la violencia que parecía imparable; en 2014, el dolor por los 43 de Ayotzinapa se convirtió en un grito de verdad y responsabilidad; y en 2020, las mujeres llenaron las avenidas para decir, con rabia y convicción, que sus vidas no son negociables, cada protesta recuerda que la injusticia, la violencia y la impunidad sólo existen mientras permitamos que existan.
Y así podríamos seguir enumerando, la infinidad de causas por las que el pueblo mexicano ha decidido alzar la voz, hasta llegar a las más recientes: la marcha de la generación Z, cuya causa ha sido tergiversada, minimizada e incluso ridiculizada por la insensibilidad y la falta de capacidad de respuesta de las autoridades; o bien, las llamadas protestas por el maíz, que evidencian la defensa urgente de nuestros recursos, nuestra identidad y nuestro futuro alimentario.
En ese tenor, tristemente, también ha quedado en evidencia que la política mexicana a menudo se vende al mejor postor, y que los discursos populistas rara vez logran atender las necesidades reales de quienes más lo necesitan. Frente a esto, el pueblo ha demostrado que su fuerza no está en la espera, sino en la acción: transforma el miedo en coraje, el dolor en lucha y el silencio en memoria, México sigue exigiendo justicia, porque sabe que la dignidad y la vida de la gente no son negociables.
Hoy, la participación ciudadana en las calles ya no se limita a las movilizaciones tradicionales ni a los formatos predecibles de protesta, se está configurando como un fenómeno más fragmentado, pero también más estratégico y multidimensional, las nuevas generaciones combinan la visibilidad física con el activismo digital, multiplicando la presión sobre autoridades e instituciones mediante redes sociales, transmisiones en vivo y campañas de información masiva. Así, la calle deja de ser únicamente un espacio de confrontación y se convierte en un escenario de narrativas, símbolos y consensos ciudadanos que atraviesan fronteras territoriales y discursivas, esta reconfiguración también revela una ciudadanía menos tolerante a los silencios oficiales y más consciente de la necesidad de sostener sus demandas de manera constante y articulada, en lugar de episodios aislados.
Al mismo tiempo, se observa un cambio en los motivos y los métodos de protesta: ahora también se trata de disputar agendas y sentidos de política pública, defender recursos estratégicos, identidades culturales y derechos colectivos. La participación pública se ha vuelto un mecanismo de negociación política en sí mismo, donde la visibilidad, la creatividad y la capacidad de resonancia mediática son tan importantes como los reclamos específicos, si algo se debe comprender hoy más que nunca es que la protesta ciudadana equivale lo mismo que un voto, y en este punto histórico sirve para transformar la relación entre la sociedad y el Estado, redefiniendo los límites del poder, la legitimidad y la responsabilidad pública en el México actual.
Las demandas ciudadanas en México han mostrado una profunda madurez política: reclaman justicia, seguridad, igualdad de género, defensa del medio ambiente y protección de los recursos nacionales, evidenciando que la sociedad no solo espera soluciones puntuales, sino transformaciones estructurales. Frente a ello, la respuesta del Estado ha sido desigual ya sea con tintes de izquierda o derecha, predomina la indiferencia, la dilación y la criminalización de la protesta, lo que alimenta desconfianza y frustración, lo que ha generado un impacto doble: fortalece la movilización social y la conciencia colectiva, pero también expone la debilidad institucional y la urgencia de reformas profundas en mecanismos de gobernanza y participación que piensen que la democracia va más allá de la acumulación de votos.
A los gobernantes, este panorama debe servirles como advertencia: escuchar, reconocer y actuar con seriedad no es opcional, sino una obligación política y moral. A la oposición, el mensaje es claro: no basta con criticar, sino que deben proponer soluciones viables, construir y acompañar las demandas ciudadanas con compromiso real, comenzando desde lo local. La política mexicana en general, necesita que todos los actores comprendan que la fuerza de la calle no es enemiga del Estado, sino un espejo de sus aciertos y sus omisiones, y que solo en la interlocución honesta y la acción decidida se construye la legitimidad y la paz social.






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