LA CRISIS QUE EL PODER NO QUIERE NOMBRAR
- María Fernanda Guzmán Zepeda

- 12 may
- 2 Min. de lectura

Hoy el foco está en el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, señalado formalmente por autoridades de los Estados Unidos por presuntos vínculos con el narcotráfico. Más allá del origen de las acusaciones, el hecho de que el tema haya escalado al terreno político y diplomático ya lo convierte en un asunto de alto impacto institucional.
En términos legales, el punto clave no es la narrativa pública, sino la diferencia entre señalamientos, investigaciones abiertas y procesos judiciales formales. Hasta ahora, el caso se ha mantenido principalmente en el terreno de declaraciones, filtraciones y posicionamientos políticos.
Sin embargo, en política esto rara vez es suficiente para contener el desgaste. La sola existencia de señalamientos de esta naturaleza puede detonar crisis de legitimidad. En estados con altos niveles de violencia como Sinaloa, el impacto es todavía más profundo, la confianza en las autoridades se erosiona incluso sin resolución judicial.
En lo político, el caso golpea directamente a la narrativa del gobierno federal y del partido en el poder, Morena. La Presidenta respaldó públicamente al gobernador bajo el argumento de que no existían pruebas suficientes para sostener las acusaciones. Y mientras desde Palacio Nacional intentaban minimizar el escándalo, el propio Rocha Moya decidió pedir licencia. Irónico, ¿no? Si no había nada qué explicar, entonces ¿por qué apartarse del cargo? En términos políticos, lo mínimo que podía hacerse ante un señalamiento de esta magnitud, no como una concesión, sino como una medida básica de responsabilidad pública.
Y es que el mensaje de fondo trasciende el caso individual. Una vez más, Estados Unidos deja ver que no le tiembla el pulso cuando se trata de investigaciones que cruzan fronteras y tocan estructuras de poder en México. Ese solo hecho incrementa la presión política interna y evidencia la fragilidad con la que el país responde cuando los señalamientos no se originan en su propio sistema institucional, sino fuera de él.
Sinaloa vive desde hace años una disputa violenta entre grupos delictivos, altos niveles de inseguridad y una percepción constante de debilitamiento institucional. En ese entorno, cualquier señalamiento hacia la figura del gobernador no es solo un escándalo político, es una crisis de confianza pública.
Mientras el debate nacional se concentraba en defender o cuestionar al gobernador, en el territorio seguían las consecuencias reales de la violencia, la incertidumbre y el desgaste institucional. La distancia entre el discurso político y la realidad cotidiana se vuelve cada vez más evidente.
Y es ahí donde aparece el verdadero problema, la fascinación ciega por el chaleco guinda. Una lealtad política que, para muchos, ha sustituido el análisis crítico por la defensa automática. Todo se justifica, todo se minimiza.
Cuando la lealtad política se impone sobre la exigencia de rendición de cuentas, la institucionalidad se vuelve frágil. Y cuando la respuesta al señalamiento es primero política y después jurídica, el Estado de derecho pierde fuerza frente a la narrativa del poder. En ese escenario, la pregunta ya no es solo qué hay detrás de los señalamientos, sino cuánto puede resistir un país en el que la verdad compite, en desventaja, contra la lealtad política.






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