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ENTRE EL ABANDONO Y EL CRIMEN: JUVENTUDES SIN ALTERNATIVA

  • Foto del escritor: Dulce Belén Florean Pérez
    Dulce Belén Florean Pérez
  • 10 mar
  • 3 Min. de lectura


Tras la ola de violencia desatada en diversos puntos del país con motivo de la captura de uno de los más trascendentes líderes del crimen organizado, surge una interrogante que inquieta profundamente a la sociedad mexicana: ¿qué ocurrirá después?, ¿estamos verdaderamente preparados para afrontar las consecuencias que puedan derivarse de este episodio?


Sin embargo, más allá de la coyuntura inmediata, resulta imprescindible formular una pregunta de mayor reflexión: ¿qué pudo haberse hecho antes para evitar que el país llegara a este punto?


La denominada Generación Z creció bajo la constante presencia del miedo. Mientras miles de niñas y niños intentaban concluir la educación primaria, el Estado mexicano emprendía una estrategia frontal en la llamada “guerra contra el narcotráfico”, declarada durante el sexenio de Felipe Calderón Hinojosa. Aunque la experiencia de la violencia no fue homogénea, pues no se vivió de la misma manera en los estados del norte que en los del sur; el temor sin duda se convirtió en un elemento común en la vida cotidiana de innumerables familias mexicanas. La normalización de noticias sobre enfrentamientos, desapariciones y ejecuciones marcó a una generación que aprendió, desde temprana edad, a convivir con la incertidumbre.


Frente a una generación que creció en estado de alerta permanente, no se construyó una política integral orientada a garantizar que la violencia fuera la excepción y no la regla general. Por el contrario, el crimen organizado expandió su presencia territorial y su capacidad de captación social, mientras el Estado, en múltiples contextos, mostró omisiones, insuficiencias o respuestas fragmentadas. La proliferación de actividades ilícitas no solo evidenció fallas en materia de seguridad pública, sino también la ausencia de una estrategia sólida de prevención social de la violencia. En ese escenario, las infancias y juventudes que crecían en entornos dominados por la precariedad y la inseguridad quedaron, en muchos casos, al margen de políticas efectivas de protección y desarrollo.


La falta de atención integral, de políticas públicas sostenidas y de una garantía real y efectiva de los derechos humanos contribuyó a delinear el destino de cientos de jóvenes que, ante la ausencia de oportunidades educativas, laborales y sociales, percibieron en el crimen organizado una vía de ascenso económico inmediato. Así, haber nacido en condiciones de pobreza y exclusión pareció convertirse en una condena estructural, mientras que el “dinero fácil” derivado de actividades ilícitas se presentó como una alternativa aparentemente viable frente a un sistema que no ofrecía movilidad social tangible.


En este contexto, puede afirmarse que el Estado falló, no solo en la contención de la violencia, sino en la construcción de condiciones que permitieran a las nuevas generaciones imaginar y concretar un proyecto de vida distinto. Falló, sobre todo, con aquellos para quienes la desigualdad no fue una estadística, sino una experiencia cotidiana; con quienes crecieron en territorios donde la presencia institucional era débil o inexistente; con quienes no tuvieron verdaderamente otra opción visible.


Ante un país que enfrenta ciclos recurrentes de violencia, resulta necesario voltear la mirada hacia las víctimas silenciosas: niñas, niños, adolescentes y jóvenes cuyas trayectorias han sido condicionadas por contextos de exclusión, y cuyos derechos fundamentales como la educación, la seguridad, desarrollo integral, a una vida libre de violencia, entre muchos otros que funcionan de manera interdependiente, han sido sistemáticamente vulnerados. Si no se coloca en el centro a estas generaciones y se asume una responsabilidad estructural, cualquier estrategia será meramente reactiva.


La pregunta, entonces, no debe limitarse a qué ocurrirá después de cada captura o cada crisis. La verdadera cuestión es si el Estado y la sociedad están dispuestos a transformar las condiciones que han permitido que la violencia se reproduzca generación tras generación. Solo así será posible romper el ciclo y evitar que las futuras infancias crezcan, nuevamente, bajo el signo del miedo.

 

3 comentarios

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davidjjcruz1501
12 mar
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Que buen artículo, destaca la realidad de hoy desde la perspectiva de la juventud, más información como esta

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Chérie Berges
Chérie Berges
12 mar
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Que verdad escribiste! Tremendo artículo 👏🏻

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Ismael Marcelino Hernández Ortiz
Ismael Marcelino Hernández Ortiz
12 mar
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Calidad pura, simplemente la mejor ❤️‍🩹

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