EL ECO DE LA MULTITUD: LA FUERZA POLÍTICA DE LAS CALLES EN MÉXICO
- Noemi Castillo

- 22 dic 2025
- 2 Min. de lectura

Protestas y Movimientos Sociales: ¿Cómo se está reconfigurando la participación ciudadana en las calles? Analiza las demandas, la respuesta del Estado y el impacto de la movilización social actual.
En los últimos años, México ha sido testigo de una transformación profunda en la manera en que la ciudadanía se apropia del espacio público. Las protestas, lejos de ser explosiones aisladas de inconformidad, se han convertido en un lenguaje político propio, un mecanismo de deliberación colectiva y una herramienta que redefine la relación entre sociedad y Estado. Las calles, una vez concebidas únicamente como espacios de tránsito, hoy se manifiestan como territorios vivos donde se disputa el sentido de la democracia.
La participación ciudadana se está reconfigurando desde las bases, impulsada por generaciones que crecieron entre crisis institucionales, desigualdades persistentes y un acceso sin precedentes a información digital. Las movilizaciones ya no responden únicamente a coyunturas; son expresiones de un hartazgo acumulado que exige justicia, transparencia y un Estado más próximo a las personas. Las demandas abarcan desde el derecho a vivir sin violencia, hasta la defensa del territorio, la justicia climática, la protección de derechos laborales, el respeto a las identidades diversas y el rechazo a retrocesos democráticos.
Pero esta ciudadanía activa también se acompaña de nuevas formas de organización: colectivos horizontales, liderazgos comunitarios, redes feministas, movimientos estudiantiles renovados, defensores digitales y plataformas que permiten convocar, denunciar y documentar en tiempo real. No se trata únicamente de marchas; se trata de una cultura política que busca romper con el silencio impuesto por la tradición autoritaria.
Frente a ello, la respuesta del Estado ha sido desigual. Mientras ciertos sectores institucionales reconocen la importancia de la protesta como pilar democrático, otros recurren a prácticas de contención que oscilan entre la deslegitimación discursiva, la criminalización de líderes sociales y, en ocasiones, el uso de la fuerza. La tendencia a reglamentar o limitar el ejercicio del derecho a la manifestación revela una tensión latente: el Estado exige orden, pero la ciudadanía exige justicia. Y cuando el orden se coloca por encima de la justicia, la legitimidad democrática se resiente.
A pesar de esa resistencia institucional, las movilizaciones recientes han demostrado un poder transformador tangible. Han impulsado reformas, reposicionado debates públicos, frenado iniciativas regresivas y obligado a las autoridades a escuchar lo que desde los escritorios parecían simples “opiniones minoritarias”. El impacto es político, social y simbólico: cada protesta abre un camino, altera la conversación pública y recuerda que la democracia no se agota en las urnas.
Hoy, las calles laten con la energía de un país que no se resigna. Un país que entiende que participar no es un privilegio ni un acto excepcional, sino un derecho que se ejerce caminando, gritando, sosteniendo pancartas y organizando redes que sobreviven más allá del día de la marcha.
La reconfiguración de la participación ciudadana no es sólo un fenómeno sociológico; es una declaración: la democracia mexicana se reconstruye desde abajo, desde la gente que se niega a quedarse quieta. Y mientras las calles sigan siendo un espacio para exigir dignidad, el país seguirá moviéndose hacia adelante, tantas veces como sea necesario.






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