CUANDO EL CAMBIO NO ES CASUAL: APUNTES DE UNA RECONFIGURACIÓN
- José Miguel Díaz Rivera

- 12 may
- 3 Min. de lectura

“NO TODO CAMBIO ES CRISIS, PERO TAMPOCO TODO CAMBIO ES INOCENTE.”
Comienzo estas líneas con una premisa que cobra especial vigencia en la vida pública de todos los países que se dicen democráticos: no todo cambio es crisis, pero tampoco todo cambio es inocente. En política, y particularmente en la esfera gubernamental, los movimientos rara vez son casuales.
Los ajustes recientes dentro del gabinete presidencial, encabezados por la presidenta Claudia Sheinbaum, así como los reacomodos al interior del partido en el poder, han sido presentados de manera oficial como parte de una dinámica normal, incluso hasta cierto punto como estratégica, orientada a consolidar un proyecto común, sin embargo, más allá del discurso institucional, la lectura entre líneas abre una interrogante aún más profunda e inevitable: ¿se trata únicamente de ajustes administrativos o hay algo más detrás de todos estos movimientos?
La administración pública tiende a ajustar sus equipos de manera constante, en función de las necesidades que surgen en los distintos momentos y ámbitos en los que opera. En muchos casos, estos cambios responden a la búsqueda de mayor eficiencia y a la renovación institucional tanto en el gobierno como en los partidos políticos.
En política, los cambios no ocurren en el vacío de la duda como describí con anterioridad; es cierto que no todo movimiento responde a una crisis de institucionalidad, pero también es cierto que corresponden a una tensión directa, visible o no visible, que termina por dejar señales; los reacomodos recientes en el gabinete presidencial (Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, Secretaría del Bienestar, Consejería General Jurídica) y dentro de la dirigencia del partido oficialista, pueden leerse también como un reflejo de dinámicas internas: ajustes entre grupos, redefinición de equilibrios o incluso el desgaste institucional de una ideología que poco a poco se convierte en lo que se juró destruir.
Más que confirmar una ruptura, los movimientos y reacomodos políticos como los que estamos viviendo los mexicanos y mexicanas, nos permiten identificar puntos de fricción en el poder, en este sentido, los nombramientos y desplazamientos no necesariamente evidencian una crisis abierta del régimen, pero sí sugieren que algo al interior se está reordenando, ¿a beneficio de quién?
Más allá de nombres y apellidos, lo que cobra importancia y relevancia en todo este asunto, es el mensaje que se transmite. Cada designación, cada salida y cada enroque, dibuja y desdibuja una ruta futura, no se trata únicamente de quién llega, o quién se va, sino de los perfiles que se privilegian y de la operación política que se busca consolidar.
En el mismo orden de ideas, la reconfiguración del gabinete presidencial en algunas de sus secretarías y los ajustes dentro del partido oficialista, pueden interpretarse como señales claras sobre el rumbo de este instituto, ¿se apuesta por la continuidad, por el control interno o por una nueva etapa de consolidación?, esa, es la interrogante; las decisiones actuales no sólo corresponden al presente, sino que anticipan el terreno para los procesos políticos del futuro cercano.
Con lo anterior, la premisa inicial no se debilita, se vuelve más incómoda. No todo cambio es crisis… pero en política, los cambios rara vez son inocentes. Cada movimiento tiene destinatario, tiene nombre y apellido, cada ajuste tiene intención y cada silencio también comunica.
Porque si realmente todo es parte de la normalidad, ¿Por qué la necesidad de reordenar? Y si no hay tensión, ¿Qué es lo que se está corrigiendo?
Tal vez la pregunta no sea si hay una crisis en el gobierno o en el partido oficial, sino en qué momento comenzó… pero peor aún ¿Quién decidió que no se notara?
“NO ES CRISIS, DICEN, PERO EN EL PODER, HASTA LOS AJUSTES MÁS DISCRETOS SUELEN TENER RAZONES QUE NO SE ANUNCIAN…SÓLO SE ENTIENDEN CON EL TIEMPO.”






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