SOBERANÍA DE PAPEL: ¿DEMOCRACIA O IMPERIALISMO MODERNO EN VENEZUELA?
- Leslie Daniela Ruiz Hernández

- 18 ene
- 3 Min. de lectura

El pasado tres de enero marcó un hito en la historia contemporánea, la captura de Nicolas Maduro, dando el fin a la dictadura venezolana, esto se consolidó tras la intervención militar de la administración de Donald Trump. Desde un enfoque analítico, este hecho representa una crisis en la validez del Derecho Internacional Público. Los tratados de soberanía y no injerencia, pilares de la carta de las Naciones Unidas; actuaron en este contexto como letra muerta, sin peso, sin poder; ante la ejecución de una acción militar unilateral que no contó con el aval explícito del consejo de seguridad.
La intervención del país norteamericano en Venezuela no puede entenderse como un caso aislado, sino como una estrategia hegemónica regional, que se ha ido manifestando sistemáticamente a través de los años, Estados Unidos ha instrumentado una “doctrina de excepcionalidad” en naciones como Irán (El golpe de Estado sobre el gobierno del primer ministro iraní Mohammad Mossadegh en 1953, mediante la operación AJAX, que dio lugar al control de los recursos petroleros del país); Cuba (la enmienda Platt, que permitía una libre intervención estadounidense para preservar “independencia” y orden, ocasionando control hasta en las relaciones exteriores de la nación); y en diversos momentos en México (La invasión de 1846-1848, la articulación del derrocamiento de Madero en 1913, la violación de la soberanía territorial durante la expedición punitiva de 1916, entre otros). El análisis de estas acciones revela un modus operandi: la sustitución de la diplomacia por una narrativa de misión liberadora.
Bajo esta premisa, la categorización del adversario como “narcoterrorista” es un movimiento estratégico clave, trasmuta el conflicto del terreno político al terreno militar; es decir, al denominar al régimen narcoterrorista, Maduro dejó de ser un actor político, para convertirse en un objetivo militar. Esto permite y permitió al Estado injerencista actuar bajo una lógica de seguridad nacional, desestimando la inmunidad soberana que el Derecho Internacional otorga a los Estados.
Este hecho fracturó el tablero geopolítico, generando diversas posturas que demuestran la actual crisis de gobernanza global. La intervención ocurre en un momento de máxima tensión mundial, sumándose a focos bélicos persistentes como la guerra en Ucrania, Israel y Palestina, y las amenazas de expansión de E.U. en Groenlandia. Este despliegue de fuerza en múltiples frentes envía un mensaje inequívoco a las naciones con menor peso militar y reafirma el predominio de aquellas que poseen el poder bélico para imponer su voluntad.
En última instancia, este escenario obliga a una reevaluación del concepto de soberanía en el siglo XXI. Si la autonomía de las naciones en desarrollo puede ser revocada unilateralmente bajo la etiqueta de la seguridad nacional del más fuerte, la soberanía deja de ser un derecho inalienable para convertirse en un privilegio condicional. Como bien advertía Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, la región parece condenada a un ciclo donde su destino se decide en centros de poder ajenos, reafirmando que el bienestar de los imperios se construye con frecuencia, sobre la fragilidad de las soberanías periféricas. El 3 de enero no solo terminó con un régimen; dejó al descubierto las costuras de un orden mundial donde la democracia, antes que un ejercicio de autodeterminación corre el riesgo de ser el nuevo nombre de la subordinación al poder hegemónico.
“Nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria ajena”
-Eduardo Galeano.






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