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REFORMA ELECTORAL: NO A LA ELIMINACIÓN, SI A LA REORGANIZACIÓN

  • Foto del escritor: Raul Uriel Carbente Tezoquipa
    Raul Uriel Carbente Tezoquipa
  • 9 feb
  • 3 Min. de lectura


El día de hoy me encuentro hablando nuevamente sobre la reforma electoral. En una ocasión anterior tuve la oportunidad de hablar de temas como los legisladores plurinominales, el número de partidos políticos y su financiamiento, mencionando en la conclusión que dos páginas no eran suficientes para abordar un tema tan basto. En esta ocasión, me gustaría hablar un poco más de este tema, expandiendo algunos de los temas que siento que dejé de deber en la última ocasión, así sobre hablar de otras cuestiones que afectan de forma positiva o negativa a nuestra democracia en unos tiempos modernos cada vez más convulsos y polarizados.


En primer lugar, el tema con el que me gustaría continuar es con el financiamiento de los partidos políticos. Al remontarnos a su origen moderno en la Europa del siglo XIX, podemos encontrar que estos organismos originalmente estaban sostenidos por las aportaciones de sus militantes, en un inicio puramente aristócratas, para luego ser sostenidos por las masas populares cuando el voto se universalizó.


En la actualidad, buena parte de las democracias occidentales modernas mantienen un sistema con leves modificaciones: buena parte de los ingresos partidistas vienen por parte de los militantes, seguidos por una mezcla de aportaciones públicas y privadas. Sin embargo, en nuestro país la situación es muy diferente, pues más de la mitad del presupuesto de los partidos proviene del financiamiento público.


No conforme con ello, la situación en nuestro país llama la atención cuando la propia ley exige que no más del 2% del financiamiento partidista debe de provenir de los afiliados, así como que menos del 10% debe provenir del financiamiento privado. Este escenario ha provocado que aun cuando los partidos cuentan con 250 mil o más afiliados, menos de mil sean los que cumplen con sus cuotas obligatorias.


Es conocido el peligro si los partidos no recibieran financiamiento público, no por nada la reforma electoral de 1996 estableció la preponderancia del financiamiento público sobre el privado, pero si se quiere llegar un sentido más grande de responsabilidad militante dentro de la política nacional, es necesario que las cuotas partidistas que se exigen a los militantes sean cumplidas satisfactoriamente.


Por supuesto, esto no quiere decir que las aportaciones privadas aumenten; al contrario, estas deben de ser fiscalizadas, supervisadas, y de ser necesario, restringidas. De no ser así, se corre el riesgo de que los partidos pasen a ser controlados por capitales privados como ocurre en EUA, o peor, que pasen a estar financiados por el crimen organizado (más de lo que ya están).


En sintonía con estas aras de reformismo, otro tema a abordar son los “partidos parásitos”, actores que sobreviven por su alianza política con entes más grandes, mendigando puestos y votos. Representantes de estos han sido el PPS, PARM y PANAL con el PRI, MC con el PRD hasta el 2015, PT primero con el PRD y luego con MORENA, y el mayor exponente de esto: el PVEM, que estuvo aliado con el PAN hasta 2003, luego con el PRI hasta 2018, y ahora es aliado de MORENA.


Un partido político representa valores, principios, ideologías y metas que, si bien pueden estar en sintonía con otras fuerzas políticas, no significa que sean 100% iguales. De lo contrario, estos actores carecen de un propósito válido para existir si solo son la réplica de otro actor político, siendo mejor la fusión de ser el caso.


Es con ello que otro cambio que se debería de traer a discusión es el fin de las alianzas electorales. Esto no significa el fin de las alianzas partidistas, pues son necesarias para el funcionamiento de la democracia, siendo esto más predominante y evidente en sistemas parlamentaristas. Esta medida se refiere más a limitar las alianzas únicamente al ámbito gubernamental, desterrándolas del plano electoral.


En sintonía con el artículo anterior que escribí de esto, la mezcla entre una mayor oferta de opciones a los partidos políticos, mezclado con el fin de las alianzas electorales, ofrecería a los votantes más opciones a la hora de emitir su voto, a la vez que presentaría en la arena política nuevas caras constantes, evitando un hartazgo de la población al ver siempre los mismos rostros y propuestas.


Nuevamente, dos páginas no son suficientes para plasmar los cambios necesarios en el país para nuestro sistema democrático, pues siempre habrá algo a mejorar o hacer más eficiente. Solo queda movilizarnos y exigir que nuestras autoridades verdaderamente representen nuestros intereses, necesidades y deseos.

 

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