¿LIBERTAD O INVASIÓN? MÉXICO OBSERVA CON PREOCUPACIÓN
- Dalia Noemi Campos Serna

- 18 ene
- 4 Min. de lectura

Imagina despertar un 3 de enero de 2026 con la noticia: helicópteros y aviones estadounidenses irrumpieron en Caracas, capturan a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, y los llevan esposados a Nueva York para juicio por narcotráfico, no es una película de Hollywood, sino realidad, Donald Trump, el presidente reelegido de EE.UU., lo justifica como un golpe al "Cártel de los Soles" y un rescate de las riquezas petroleras venezolanas. para ponerte en contexto, si no sigues de cerca lo de Venezuela: este país sudamericano, rico en petróleo, ha vivido una crisis brutal desde hace más de una década, Nicolás Maduro, sucesor de Hugo Chávez (el líder que prometió acabar con la pobreza pero dejó un país en ruinas), gobierna con mano dura desde 2013, hay hiperinflación, escasez de comida y medicinas, protestas masivas reprimidas con violencia, y millones de venezolanos han huido como refugiados. EE.UU. y muchos países lo llaman dictador y lo acusa de nexos con el narco, pero Maduro se mantiene en el poder con apoyo de Rusia, China e Irán.
Esta intervención repentina lo cambia todo, México no se quedó callado, la presidenta Claudia Sheinbaum soltó una frase que resumió el sentir latinoamericano: "La intervención nunca ha traído democracia" ¿Y tiene razón? Estados Unidos usó fuerzas especiales, tanques y bombardeos contra bases militares y hasta edificios civiles para secuestrar a un jefe de estado legítimo reconocido por la ONU, aunque controvertido, lo juzgan ahora en un tribunal civil de Nueva York, lo que es un problema legal enorme. El experto en derecho internacional Antonio Ramírez lo explica claro: "Un jefe de Estado sólo puede ser juzgado en su propio país, mientras ejerce su cargo, o en un tribunal internacional como la Corte Penal Internacional, no en un juzgado extranjero cualquiera. Esto es una ilegalidad flagrante". Maduro, astuto, se declaró "prisionero de guerra" para activar reglas del derecho humanitario, esas normas que protegen a combatientes en conflictos armados, eso implica que EE.UU. y Venezuela están en guerra formal, y su juicio se suspende hasta que haya un tratado de paz. EE.UU. responde diciendo: "Maduro era un dictador sanguinario, con masacres y lazos con terroristas narcos; no era un presidente legítimo". Pero la politóloga mexicana Ana López advierte: "Ningún líder, por malo que sea, pierde la garantía internacional de no intervención. Romperla genera incertidumbre global y abre la puerta a abusos".
Desde México, esto nos pega directo. ¿Qué nos asegura que EE.UU. no nos tache mañana de "narco-terroristas" y haga lo mismo? Piensa en nuestro país: luchamos contra el crimen organizado, pero tenemos soberanía para decidir subsidios a campesinos, precios de la gasolina o cómo manejamos Pemex, si Washington interviene "para ayudarnos", podría eliminar esos apoyos en nombre de la "eficiencia económica", las cifras macro mejorarían, menos deuda, más inversión, pero ¿a qué costo? Perderíamos el control de nuestro destino, esa libertad de elegir nuestro rumbo como pueblo soberano. El asunto se pone peor con otros ejemplos frescos. EE.UU. le exige a Dinamarca vender Groenlandia una isla estratégica con recursos minerales y posición ártica, las opciones: Dinamarca cede a la presión, la vende o entra en guerra... ¡con su aliado de la OTAN! Ya no es solo contra "enemigos"; es absorber recursos de quien estorbe. El analista geopolítico Javier Mendoza lo resume perfecto: "Las leyes internacionales se vuelven papel mojado cuando superpotencias como EE.UU. usan su músculo militar y político contra naciones más chicas". Esto no es nuevo, las grandes potencias tienen ciclos: nacen humildes, crecen como imperios invencibles y decaen, reemplazadas por rivales en batallas épicas, EE.UU. tomó el relevo del Imperio Británico, que mandaba en el mundo hasta la Segunda Guerra Mundial, Reino Unido tenía la armada más grande, colonias “everywhere” y un ejército imbatible, pero las deudas, guerras internas y rivales lo tumbaron, en 1945, tras el horror de esa guerra, EE.UU. salió como el rey: creó la ONU prometiendo paz, derechos y no más invasiones locas, para entenderlo fácil, imagina un patio escolar con seis bravucones grandes rodeando a niños chiquitos e indefensos, los bravucones se pelean por robarles las mochilas, se dividen en bandos y reclutan a los niños: "Únete a nosotros, te protegemos y nadie te quita nada". Gana el grupo que promete "paz", y por décadas reina una calma relativa sin peleas directas, eso fue la posguerra: super potencias aliadas para evitar el caos, pero hoy, esa solidaridad se deshace, china innova a lo grande, roba empresas a EE.UU.; Rusia invade Ucrania por territorio; China amenaza Taiwán; y ahora, Venezuela. ¿Preparación para algo peor? El profesor de relaciones internacionales Luis Herrera lo pone crudo: "Estamos en esa fase donde las potencias agarran recursos de países pequeños.
Si EE.UU. viola garantías a Maduro, rompe la base de la paz desde 1945. ¿Es el arranque de la Tercera Guerra Mundial, donde las armas nucleares aseguran que nadie sobreviva?". Al final, esta movida en Venezuela no libera: invade. México necesita enseñar a las nuevas generaciones el valor de la patria, el territorio y decir "no" a las amenazas, lo mejor sería calmar las aguas y mejorar relaciones, pero Trump pasa por alto leyes internacionales y abusa de su poder.






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