INTELIGENCIA ARTIFICIAL, TÉCNICA LEGISLATIVA Y EL RIESGO DE TRIVIALIZAR EL DERECHO
- Silvia Cervantes

- 27 abr
- 3 Min. de lectura

Hablar de inteligencia artificial en el ámbito legislativo desde una postura neutral sería, en este punto, profundamente ingenuo, porque lo que está ocurriendo no es solo la incorporación de una herramienta tecnológica, sino la normalización de una práctica que está vaciando de contenido uno de los espacios más delicados del derecho, y lo digo desde la experiencia de haber estudiado y enseñado derecho parlamentario, de haber entendido que ahí se encuentra el esqueleto mismo de la democracia, ese entramado invisible que sostiene los equilibrios de poder y que hoy parece ser ignorado con una ligereza preocupante.
Esa comprensión no llega de golpe ni es exclusiva de unos cuantos, más bien se construye con el tiempo, y cuando finalmente se logra dimensionar cómo funcionan los pesos y contrapesos dentro del proceso legislativo, resulta inevitable mirar el entorno con otra sensibilidad, porque muchas de las discusiones públicas sobre leyes, reformas o iniciativas se quedan en la superficie, no por falta de interés, sino porque pocas veces se nos enseña a entender realmente cómo opera este sistema.
Desde ahí, el problema de la inteligencia artificial adquiere otra dimensión, porque no se trata únicamente de que facilite la redacción de iniciativas, sino de que está generando una ilusión peligrosa, la idea de que cualquiera puede legislar, de que basta con introducir una instrucción en una herramienta para producir una norma, cuando en realidad lo que se está produciendo son textos sin sustento técnico, sin comprensión del proceso parlamentario y, por lo tanto, sin posibilidad real de incidir en la vida pública.
Esta situación se vuelve aún más grave cuando se observa el contexto educativo, porque mientras materias como el derecho parlamentario o el derecho informático siguen tratándose como optativas, la realidad demuestra que son precisamente estas áreas las que están definiendo el presente jurídico, ya que en ellas convergen la estructura del poder y la regulación de la tecnología, sin embargo, los planes de estudio continúan sin ajustarse a las necesidades de una sociedad contemporánea, lo que limita la formación de profesionistas capaces de comprender y operar el sistema democrático.
A esto se suma que el derecho parlamentario sigue siendo un campo poco explorado, lo que provoca que muchos de quienes participan en la práctica legislativa lleguen sin una base técnica sólida, aprendiendo sobre la marcha o sustituyendo la técnica por la improvisación, lo que debilita directamente la calidad del proceso legislativo.
Si a este escenario se le suma la irrupción de la inteligencia artificial, el resultado es particularmente preocupante, porque se crea un entorno en el que personas sin formación técnica pueden producir documentos legislativos con apariencia de formalidad, lo que refuerza la falsa idea de competencia y banaliza el acto de legislar.
En este contexto, diversos análisis han permitido evidenciar que en la práctica legislativa actual no existe un verdadero sistema de pesos y contrapesos efectivo, sino dinámicas que tienden a concentrar el poder y a debilitar la participación real dentro del proceso parlamentario, por lo que el uso acrítico de la inteligencia artificial no corrige estas fallas, sino que las profundiza al facilitar la producción de iniciativas sin sustento técnico ni deliberativo. Bajo esta lógica, resulta inevitable pensar que si Ferrajoli y Cecilia Mora-Donatto observarán la forma en que hoy se utilizan estas herramientas sin criterio, encontrarán no solo un problema técnico, sino una regresión en la forma de entender el derecho, porque lo que está en juego no es la eficiencia del proceso legislativo, sino su legitimidad y su capacidad de representar la pluralidad social.
Al final, el enojo que surge frente a estas situaciones no es gratuito, sino la consecuencia de comprender la dimensión real del derecho parlamentario en contraste con su enseñanza y su práctica actual, pero también es un llamado de atención, porque aún estamos a tiempo de tomar las riendas de hacia dónde estamos llevando el derecho, ya que así como el derecho está pensado para prevalecer en el tiempo, las normas que hoy se generen de manera acrítica mediante inteligencia artificial difícilmente podrán sostener la vida jurídica de las futuras generaciones.






No se puede negar al avance pero tampoco dejar que se haga mal uso de el. Me encanto 👏